| Informe Desarrollo Humano en Chile - Año 2000
Más Sociedad para Gobernar el Futuro
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
Sinopsis
I.
DESAFÍOS DE UN CAMBIO DE ÉPOCA
El mundo está cambiando. ¿Quién no se asombra con las impresionantes
transformaciones que ha introducido la globalización
en la economía, en la comunicación o en los
estilos de vida de cada uno? Los avances tecnológicos,
la navegación en el ciberespacio, las facilidades
para adquirir bienes importados o viajar al
extranjero se han vuelto experiencias cotidianas
para gran parte de los chilenos. Pero estos
cambios no son los únicos, aunque tal vez
sí sean los más notorios. ¿Quién no percibe
en su diario vivir cómo cambian las relaciones
sociales, cómo se redefinen los roles en la
familia, cómo se reorganizan las empresas?
El modo de vida está cambiando. Las tradiciones
heredadas ya no dictan el comportamiento de
las personas. Éstas han de decidir por sí
solas su proyecto de vida y la construcción
de su desarrollo personal. Las vinculaciones
de antaño se debilitan y son reemplazadas
por nuevos vínculos. Tiene lugar una reformulación
de las identidades sociales. Los lazos de
identificación se han vuelto más tenues y
flexibles. La gente transita con facilidad
entre sus distintas dimensiones, afirmado
ora su identidad de género, ora su identidad
religiosa, su origen de nacimiento o su identidad
nacional. Son tales transformaciones, a la
vez aceleradas y sigilosas, las que caracterizan
al actual cambio de época.

Este cambio de época es la trama profunda en la cual se inserta el
desarrollo de Chile. La restructuración de
la política y de la economía, el redimensionamiento
del espacio y del tiempo, y la redefinición
de lo nacional representan desafíos globales
que debe asumir -bajo formas específicas-
también Chile. Las megatendencias mundiales
se entrelazan con características locales,
rasgos emergentes se combinan con herencias
seculares. A las viejas desigualdades se agregan
nuevas diferencias, mientras que la continuidad
institucional puede esconder fenómenos inéditos.
Es en este contexto que los chilenos han de
decidir cuál es el desarrollo apropiado para
el país. Apropiado en el sentido de un desarrollo
que responde a lo que es propio a la trayectoria
histórica y a las condiciones particulares
de Chile. Y también de un proceso del cual
las personas se apropian porque quieren ser
dueñas de su futuro.

Los cambios implican oportunidades y riesgos para el desarrollo de
las personas y de la sociedad. Brindan mayores
opciones, pero también restricciones. Los
progresos logrados en esta década están a
la vista. Una manera de observar el mejor
nivel de vida de los chilenos ofrece el Índice
de Desarrollo Humano del PNUD. Éste mide tanto
el desempeño económico del país como los niveles
de salud y educación de las personas. Comparando
las cifras de 1990 y de 1998, presentadas
en el Nº 3 de la serie Temas de Desarrollo
Humano Sustentable, se aprecian tres resultados
sobresalientes. En primer lugar, es menester
subrayar que desde el restablecimiento de
la democracia, el Desarrollo Humano en Chile
ha mejorado de 0,803 (1990) a 0,847 (1998).
Es decir, en 1998 Chile se encuentra un 22%
más cerca de la meta ideal del Desarrollo
Humano. En segundo lugar, cabe destacar que
durante dicho período todas las regiones del
país aumentaron de manera significativa su
nivel de Desarrollo Humano. Pero, además,
en tercer lugar, la disparidad entre ellas
se redujo en un 30% entre 1990 y 1998. En
resumidas cuentas, se ha logrado no sólo incrementar
el Desarrollo Humano, sino también reducir
la brecha entre las regiones más y menos desarrolladas
del país.

Pero la modernización del país tiene, asimismo, aspectos negativos
que no se pueden ignorar. El Informe de 1998
mostró de modo fehaciente que tras los difusos
malestares de la población existen serios
problemas de seguridad humana. La desconfianza
en las relaciones personales, las deficiencias
de las instituciones destinadas a la seguridad
social y las dificultades para otorgar sentido
y orientaciones a los procesos en marcha son
algunas de las inseguridades que sufren los
chilenos. Se señaló entonces la necesidad
de prestar a la subjetividad de la gente una
atención similar a la que se brinda al desarrollo
económico e institucional. Sólo una complementariedad
adecuada entre ambos momentos permite que
el Desarrollo Humano en Chile sea socialmente
sustentable.
Todo proceso social implica, al mismo tiempo, construcción y destrucción;
hechos positivos y negativos. Es inevitable
que también el futuro aporte no sólo oportunidades,
sino también amenazas y riesgos. Y no siempre
es fácil distinguirlos. La realidad social
parece tornarse más ambivalente. Todo ello
genera perplejidad e incertidumbre. ¿Cómo
enfrentar y aprovechar las transformaciones
en curso?
El desconcierto tiene que ver, por una parte, con las dificultades
para interpretar los contenidos de dichos
cambios. Nuestros "mapas mentales" e instrumentos
conceptuales no logran hacer inteligibles
y dotar de sentido a los nuevos fenómenos.
Parecen faltar los criterios de discernimiento
que permiten dar cuenta de las oportunidades
y amenazas que brinda el nuevo siglo. Por
otra parte, la perplejidad remite a los recursos
disponibles. ¿Con cuáles herramientas cuenta
la sociedad chilena para aprovechar las oportunidades
y neutralizar los riesgos? Así como cambian
los desafíos, también cambian los recursos
sociales para enfrentarlos. Hay que saber
descubrirlos y/o crearlos.
A ello pretende contribuir el presente Informe. Éste invita a descubrir
y conversar los criterios e instrumentos que
permitan a la sociedad chilena conducir los
procesos de cambio social en miras de un Desarrollo
Humano Sustentable.
II. GOBERNAR LOS CAMBIOS
Se pueden distinguir, de manera muy simplificada, dos claves para
interpretar los cambios. Dichas lecturas no
corresponden a posiciones políticas, sino
más bien a modos de enfocar el proceso social.
Una perspectiva concibe las transformaciones sociales como un proceso
espontáneo y autoregulado como lo es, por
ejemplo, el mercado. La vida social sería
de una complejidad tal que cualquier intento
humano de dirigirla sería no solo irrelevante,
sino, además, nefasto. Por consiguiente, se
toma al mercado como principio organizativo
de la sociedad. Si los hombres nada pueden
decir ni hacer acerca del rumbo de los cambios,
entonces la política no hace sentido. Basta
una gestión pública eficiente para adaptar
el país a las modernizaciones en marcha, aprovechando
sus oportunidades. Habría que dejar a las
tendencias de cambio desplegarse libremente
porque ellas encontrarían en forma automática
sus equilibrios naturales. A nivel individual,
la adaptación es ilustrada por la "lógica
del consumidor". Éste encarnaría, de cierto
modo, la libertad humana de elegir entre varias
alternativas, calculando costos y beneficios
y asumiendo la responsabilidad por las consecuencias
de su decisión. Si todos los individuos-consumidores
actuaran según esta racionalidad, estaría
garantizada la coordinación descentralizada
de la sociedad.	
Dicho enfoque ilumina algunos problemas y obscurece otros. En primer
lugar, la concepción de un orden espontáneo
y autoregulado tiende a tomar a la sociedad
por una "naturaleza" dada. Sin embargo, ni
las oportunidades están dadas de antemano
ni los desafíos se resuelven solos. Son las
personas las que crean las opciones. Pero
su poder de crear y aprovechar las oportunidades
es desigual. A la igualdad humana se sobreponen
desigualdades sociales. Ello indica, en segundo
lugar, los límites de un enfoque centrado
en el individuo. Éste decide sobre la base
de recursos, valores y reglas que, en definitiva,
son sociales. No existe un individuo al margen
de la sociedad. En consecuencia, la sociedad
tiene que generar el entorno favorable para
que cada individuo pueda decidir libremente
sus opciones. Esta responsabilidad social
se desprende, asimismo, de otro hecho. Cabe
destacar, en tercer lugar, que la cohesión
de la sociedad tiene "límites críticos" más
allá de los cuales ella corre el peligro de
fragmentación. Ahora bien, la integración
social no está asegurada de una vez y para
siempre. Tiene que ser cuidada y renovada
de manera permanente. Por eso una estrategia
de desarrollo únicamente adaptativa no logra
crear condiciones de sustentabilidad social.
A través de las limitaciones bosquejadas puede visualizarse una mirada
alternativa. Un enfoque integral debería abordar
en conjunto al individuo y a la sociedad.
Las iniciativas individuales dependen de las
capacidades de la sociedad así como, a la
inversa, la fortaleza de la sociedad se nutre
de las capacidades individuales. Esta interdependencia
entre individuo y sociedad no produce un equilibrio
espontáneo; la relación varía dependiendo
de la forma según se organiza el orden social.
La sociedad es más que la suma de los individuos.
Ella representa una constelación específica
que obedece a dinámicas propias.
Las dinámicas sociales son impulsadas o modificadas por la intervención
deliberada de las personas. La acción social
y cívica tiene, pues, relevancia. Por un lado,
el desarrollo del país no está guiado por
algún "piloto automático" y no da igual para
el bienestar de la gente cuáles opciones son
seleccionadas. Por otro, la construcción deliberada
del futuro responde a un principio normativo
de la modernidad. Son los seres humanos quienes
determinan -bajo las condiciones históricas
dadas- el orden que rige su convivencia. Se
trataría, en suma, de moldear activamente
los cambios sociales.

Chile ha entrado en una nueva fase de su desarrollo. Ni es posible
un retorno al pasado ni existe un modelo único
para el futuro. En la medida en que cambia
la sociedad van cambiando sus objetivos y
horizontes. La amplitud y velocidad de los
procesos requieren de un esfuerzo permanente
de reflexión y de acción para conducir el
desarrollo de Chile por los cauces apropiados.
Es lo que propone la perspectiva del Desarrollo
Humano Sustentable cuando hace hincapié en
la persona como sujeto y beneficiario del
desarrollo. Las personas serán sujetos efectivos
del desarrollo cuando gobiernen los cambios.
Y podrán modelar dichos procesos en la medida
en que las iniciativas individuales puedan
apoyarse en las capacidades sociales del conjunto.
El PNUD ha precisado la estrategia de "gobernar los cambios" en términos
de "governance". La noción alude a un nuevo
tipo de "gobernabilidad" que involucra a la
vez individuo y sociedad, Estado y actores
privados, instancias nacionales e internacionales.
Tal esfuerzo mancomunado de "governance" parece
ineludible, tanto para discernir los criterios
determinantes de un desarrollo apropiado como
para modelar los cambios acorde a ese horizonte
compartido. Por sobre todo, habrá que prestar
mayor atención a las capacidades de "governance"
para afianzar un Desarrollo Humano que sea
sustentable a mediano y largo plazos. El Informe
2000 pretende contribuir a la conducción social
del proceso chileno mostrando algunas de sus
"capacidades instaladas" que deben y pueden
ser potenciadas.
III. ¿CÓMO GOBERNAR LOS CAMBIOS?
El manejo lúcido y responsable de los cambios sobrepasa las capacidades
de un individuo. La Inseguridad Humana en
Chile, diagnosticada en el Informe anterior,
tiene que ver precisamente con la desvalidez
que sienten muchos individuos de cara a la
incertidumbre del futuro. La superación de
las inseguridades requiere de capacidades
de discernimiento social y de acción colectiva.
Cualquier persona está forzada a recurrir
a capacidades sociales, sean éstas valores,
conocimientos, experiencias o hábitos. De
hecho, es en el marco de las opciones de desarrollo
creadas por la sociedad que las personas pueden
disfrutar de las oportunidades brindadas y
contrarrestar las amenazas. Sin embargo, los
chilenos no pueden echar mano a los recursos
habituales para enfrentar los retos de la
nueva época. Las megatendencias antes señaladas
implican una restructuración de los elementos
sociales. En la Parte I del presente Informe
se muestra cómo los procesos de globalización,
individualización e identificación social
desafían a la organización habitual de la
sociedad chilena. Mucho se ha hablado de la
riqueza económica; es hora de preguntarse
acerca de la riqueza social del país. En esta
perspectiva, el Informe 2000 hace hincapié
en la calidad de la vida social.
El postulado central del presente Informe afirma que el Desarrollo
Humano Sustentable en Chile exige mejorar
la calidad de vida social de modo tal que
ella fortalezca las capacidades de los chilenos
de moldear el orden social y de apropiarse
del futuro. La calidad de la vida social importa.
Ella representa un valor en sí mismo, como
se verá más adelante, pero también un recurso.
Las capacidades de la sociedad chilena de
incidir sobre el rumbo y el ritmo del desarrollo
dependen de la fortaleza de su vida social.
No hay "governance" sin una sociedad fuerte.
Robustecer la sociedad es, al mismo tiempo,
un requisito para gobernar los cambios y el
resultado de una estrategia exitosa de cambio.
Una mejor calidad de vida social presupone diversas condiciones.
El Informe destaca tres ámbitos que merecen
mayor atención. El primero concierne las aspiraciones
que abriga la gente acerca del futuro. Hay
que conocer los sueños de los chilenos pues
ellos nos hablan de la vida social deseada.
La realización de las aspiraciones depende
de los recursos sociales disponibles. Por
eso se abordan, en segundo lugar, las capacidades
de acción colectiva. El estudio del tejido
asociativo y los lazos de confianza y cooperación
da cuenta del "capital social" que existe
en Chile. El tercer ámbito es la ciudadanía.
La acción ciudadana representa la mediación
entre la sociabilidad cotidiana de las personas
y las formas políticas de incidir sobre la
marcha del país. Cabe suponer - y esta es
la hipótesis del Informe- que los tres ámbitos
se refuerzan mútuamente, configurando las
posibilidades de los chilenos de apropiarse
de su futuro.

El grueso del Informe -las Partes II, III y IV- está dedicado a analizar
los resultados de los estudios empíricos realizados
para cada una de las tres dimensiones de la
vida social y el refuerzo recíproco que tiene
lugar entre ellas. La producción de los datos
se apoya en una encuesta nacional de opinión
pública, entrevistas en profundidad, grupos
de discusión, estudios en terreno, gestión
de información ante fuentes públicas y privadas
y diversos talleres de exploración y validación
con especialistas.
IV. ASPIRACIONES DE UNA SOCIEDAD MÁS HUMANA
Una sociedad es capaz de adueñarse de su destino cuando sabe pensar
el futuro. ¿Qué idea se hacen los chilenos
del mañana? ¿Cuál es el país que desean? El
Informe 2000 presenta una indagación sobre
las aspiraciones de la gente, explorando a
través de diversos métodos tanto las dificultades
de soñar como los deseos de un futuro mejor.
En una primera aproximación se constata que las personas en su habla
cotidiana no suelen referirse a sueños colectivos.
Hablan de sus expectativas de bienestar individual
y familiar, pero no parecen tener una imagen
de la vida social a la cual aspiran. Diversos
motivos fomentan ese bloqueo. La memoria de
los conflictos pasados y el desencanto fruto
de promesas incumplidas pueden inhibir la
imaginación. Por sobre todo, la percepción
de la modernización como un proceso automático
e impermeable a los valores y las demandas
de la gente tiende a desanimar toda aspiración.
En sus conversaciones, las personas parecen
partir del supuesto que, si no hay esperanza
de modificar la marcha del proceso, más vale
no hacerse ilusiones acerca del futuro. Sin
embargo, en la medida en que las personas
comparten sus frustraciones con los demás,
descubren que también comparten ciertos anhelos.
La desesperanza inicial cede lugar a una esperanza
realista. Las conversaciones desembocan en
una valoración positiva de los sueños. Este
aprecio es confirmado por los resultados de
la encuesta de opinión pública, realizada
para el presente Informe.

¿Qué
favorece la formulación de aspiraciones colectivas?
Los sueños no son inventos individuales; nacen
de la conversación, del contacto con otras
experiencias, del estímulo que brinda el entorno.
Al conversar se va creando una relación de
confianza y elaborando un lenguaje que permite
dar nombre a los afectos y deseos. Implica
un espacio de encuentro con el "otro" y compartir
una noción de futuro que de sentido a los
sueños. Pero el factor decisivo parece ser
otro; la elaboración de aspiraciones suele
estar asociada a la percepción de que ellas
son factibles. Es, a partir de los cambios
logrados en su vida cotidiana, que las personas
se atreven a soñar. Es decir, los sueños no
representan una especie de utopía, sino que
surgen de la propia experiencia. Dicho en
otras palabras: la gente piensa en el futuro
cuando cree que puede incidir sobre él.

¿Cuáles son los contenidos de las aspiraciones? En general, responden
a carencias. La gente aspira a lo que echa
de menos. Pero no se trata de un listado de
los problemas aislados (empleo, delincuencia,
salud). Las personas tienen un sueño de país.
Sus aspiraciones conforman una constelación
coherente que da cuenta de una visión de sociedad.
En su Parte II, el presente Informe muestra
cuatro ejes temáticos que surgen de las entrevistas
en profundidad.

En primer lugar, cabe destacar el anhelo de una sociedad más igualitaria.
Éste tiene una connotación material; se demanda
un mayor bienestar y una mejor distribución
de la riqueza. Pero, cuando la demanda de
bienestar es formulada en términos de un acceso
equitativo a los servicios de salud, educación
y previsión, es notoria la referencia a la
igualdad social. El sueño de una sociedad
más igualitaria remite, asimismo, a la calidad
de las relaciones humanas, a un trato justo
y respetuoso. Ligada a lo anterior está, en
segundo lugar, la aspiración de robustecer
lo común. Cuando la "unidad" de la sociedad
chilena deja de ser algo evidente, la pregunta
por "lo común" se hace más acuciante. El sueño
de una mayor y mejor convivencia social tiende
a estar asociado a la demanda de un espacio
compartido. La preocupación por un barrio
seguro, el fortalecimiento del vecindario
y el deseo de poder encontrarse con personas
de las más diversas condiciones son temas
reiterados. Formulado en términos generales,
se trata de un deseo de reapropiación del
espacio público.

Un tercer ámbito destacado de aspiraciones es la valoración de la
diversidad social. El sueño de igualdad no
anula la diversidad. Por el contrario. Es
lo que permitiría que las distintas facetas
de la sociedad chilena pudieran expresarse.
En cuarto lugar y resumiendo lo anterior,
es notoria la aspiración a una "sociedad más
humana". Ella alude a aspectos de la vida
diaria (más "tiempo propio", mejores relaciones
interpersonales), pero también a la política
como una actividad que debería ser respetable
y acogedora de la participación.


En síntesis, los chilenos suelen valorar los sueños y tener ideas
precisas acerca de las formas de convivencia
social que desean. Tal vez diferente a la
época anterior, más dada a los grandes relatos,
hoy en día las aspiraciones parecen estar
más vinculadas a la experiencia cotidiana
de la gente. Ello les otorga mayor realismo;
las personas se atreven a soñar cuando vislumbran
cierto grado de viabilidad. En consecuencia,
las aspiraciones tienden a estar teñidas del
optimismo o pesimismo con el cual las personas
visualizan el futuro de su propia vida y el
del país.

V. ASOCIATIVIDAD Y VÍNCULO SOCIAL
El papel de la conversación en la formulación de los sueños ilustra
la necesidad de vínculo social. Recalcando
lo dicho: una sociedad compleja en transformación
acelerada -como lo es la chilena- deja bastante
desamparado al individuo aislado. Sólo asociándose
con otras personas los hombres logran potenciar
sus capacidades, tanto individuales como colectivas.
Por eso, las oportunidades y restricciones
que enfrenta el vínculo social en Chile representan
un buen indicio de nuestra capacidad de gobernar
los cambios.
La Parte III de este Informe ofrece tres miradas sobre el vínculo
social en Chile. Primero, presenta un Mapa
Nacional de la Asociatividad que, sin poder
ser exhaustivo, constituye el registro más
vasto actualmente disponible en el país. Segundo,
cuantifica mediante una encuesta nacional
el "capital social" formal e informal en Chile.
Tercero, analiza las dinámicas de la asociación
en seis localidades, mostrando en terreno
sus fortalezas y debilidades.
Elaborar un registro sistemático de la asociatividad en Chile ha
sido una tarea ardua. Las dificultades indican
la escasa visibilidad de un recurso social
que debería ser considerado crucial para el
desarrollo del país. Por falta de datos fiables
hubo que excluir, en particular, la asociatividad
de inspiración religiosa que parece ser la
más difundida. Aun así, el Mapa del PNUD registra
83.386 organizaciones sociales. Ello equivale
a 56 asociaciones por cada diez mil habitantes.
El país parece, pues, disponer de una densidad
asociativa bastante notable.

En términos geográficos, según los datos disponibles las regiones
de Aysén, Tarapacá, Coquimbo y La Araucanía
muestran la mayor densidad asociativa, mientras
que Antofagasta y la Región Metropolitana
exhiben el menor número de asociaciones por
habitantes. En términos temáticos, excluyendo
la asociatividad religiosa, las agrupaciones
se dedican preferentemente a asuntos económicos
(22%); temas vinculados a salud, educación
y vivienda (20%); y, la asociatividad vecinal
(20%). En el primer grupo se encuentran los
sindicatos, colegios profesionales, asociaciones
gremiales y empresariales. En el segundo se
incluyen desde los centros de padres y organizaciones
estudiantiles hasta los comités de salud y
de allegados. Las juntas de vecinos y los
"pavimentos participativos" son típicos de
las asociaciones vecinales.
La Encuesta PNUD 1999 ha permitido explorar la asociatividad a nivel
individual. Como tendencia general se constata
que una proporción mayor de hombres y de personas
de más edad suele pertenecer a alguna organización.
Además, las personas del grupo socioeconómico
alto indican un porcentaje de pertenencia
bastante superior al grupo medio y bajo. Una
tendencia similar muestran las personas de
zonas rurales y de ciudades fuera del Gran
Santiago.
El interés que ha despertado la asociatividad en los últimos años
descansa sobre el siguiente supuesto: ella
potencia no sólo las capacidades de las personas
involucradas, sino que además puede ejercer
funciones de coordinación antes cumplidas
por el Estado. Por sobre todo, la asociatividad
podría representar la base social requerida
para el buen funcionamiento de las instituciones
económicas y políticas. En este sentido, se
habla de "capital social" para resumir el
grado de asociatividad, de confianza social,
reciprocidad y compromiso cívico existente.
Como ya lo había detectado el Informe de 1998 -y similar a otros
países latinoamericanos- el grado de confianza
social es relativamente bajo en el país. Lo
mismo vale para la confianza en las instituciones
democráticas y económicas. Además, las personas
entrevistadas tienden a percibir que las normas
de reciprocidad no prevalecen en la vida social.
De hecho, la mitad de ellas siente que sus
derechos no son respetados debido a su situación
económica. En cambio, existe un amplio reconocimiento
de las reglas de conducta cívica. Mediante
estas variables se construye un índice que
permite "medir" el capital social y constatar
la relación que existe con la valoración de
las aspiraciones. En efecto, el siguiente
cuadro confirma la presunción acerca de la
dinámica interna de la vida social.
Las personas encuestadas que más valoran los sueños son aquéllas
que disponen de más capital social.

La indagación anterior enfoca el capital social basado en la asociatividad
formal. Sin embargo, considerando la influencia
que tienen el proceso de individualización
y la redefinición de las identidades colectivas
también en Chile, parece plausible presumir
que hoy en día muchas personas, especialmente
las más jóvenes, buscan nuevas formas de asociarse.
Tienen sus lazos de asociación, confianza
y cooperación, pero quizás sean más tenues
y flexibles que antes. Vale decir, podría
estar ocurriendo una transformación del capital
social, desplazándose de organizaciones formales
a tipos informales de asociación. Ciertos
fenómenos (desde las "barras bravas" hasta
cierta organización ad-hoc en función de algún
programa social) apuntan en esa dirección.
A pesar de que la tendencia es difícil de
cuantificar, se puede constatar que existe,
en efecto, una especie de "capital social
informal" de proporciones significativas.

Del cuadro anterior se desprenden dos tendencias.
Se constata, por una parte, que todos los grupos socioeconó-micos
poseen más capital social informal que formal.
Ello indicaría que la sociabilidad cotidiana
representa un apreciable potencial de confianza
y cooperación para el país. Y sugiere, además,
que se podría favorecer dicho capital social
fortaleciendo los vínculos informales. Una
mayor sociabilidad se vería facilitada, por
ejemplo, mediante el uso activo de los espacios
públicos y mejorando la disponibilidad y el
empleo atractivo del "tiempo libre".
Por otra parte, se aprecia que el grupo socioeconómico alto dispone
de bastante más capital social que los demás.
La acumulación de capital parece ser desigual.
Este desequilibrio social podría reforzar
el económico. Precisamente aquel grupo de
personas que por su deprivación económica
requeriría de más capital social es el que
menos posee. Además, a falta de vínculos sociales,
tendrá menos aspiraciones. Y sin una visión
creativa del futuro, le será difícil visualizar
y aprovechar las eventuales oportunidades.
El círculo vicioso confirma la evidencia de
otros estudios: la pobreza tiene que ver con
la ausencia de redes sociales. Esta carencia
no es resuelta mediante la focalización de
apoyo económico a individuos. Debería prestarse
más atención a la gravitación que tiene "lo
social" para el bienestar de las personas.
Asociatividad y capital social son procesos dinámicos, sujetos a
los estímulos y obstáculos que plantea el
entorno social. En los años ´60 el Estado
promovió con gran vigor las organizaciones
sociales, muchas de las cuales se mantienen
vigentes hasta hoy. Visto en retrospectiva,
el valor de aquella promoción estatal-legal
residió en su significado simbólico: el reconocimiento
de identidades colectivas y la integración
activa a la vida social y cívica. El impulso
asociativo que tuvo lugar en los años ´80,
en cambio, respondió más bien a una reacción
defensiva de la sociedad contra las tendencias
disgregadoras. En la década de los '90 se
aprecia un nuevo auge de la asociatividad,
tanto de tipo tradicional como de formas novedosas.
Los datos disponibles no permiten, sin embargo,
efectuar una comparación histórica con las
décadas anteriores.

Todavía no se ha resuelto de modo satisfactorio la forma de potenciar
la participación social. Las iniciativas emprendidas
en la década de los ´90 han buscado fomentar
la participación social. Pero, no siempre
se trata de un capital social en el sentido
de una cooperación cívica afianzada culturalmente.
La importancia de las instancias estatales
(en especial del municipio) y de las políticas
públicas salta a la vista. Sin embargo, no
resulta fácil anticipar los vínculos sociales
más adecuados. Existen fenómenos emergentes,
en particular entre los jóvenes y las clases
medias, que escapan a las formas tradicionales,
al mismo tiempo que se mantienen costumbres
ancestrales de asociación entre los pueblos
indígenas. Una dificultad deriva del dilema
de las políticas sociales: ¿han de priorizar
la ejecución eficaz de un determinado proyecto
o la más lenta y delicada auto-organización
de la gente? Otro problema mayor parece radicar
en la brecha que separa el ámbito macrosocial,
donde se originan buena parte de los problemas
sociales (desde el empleo hasta la delincuencia
y la droga), y el nivel microsocial en que
operan las organizaciones sociales. Muchas
veces los esfuerzos de las asociaciones locales
no logran aportar soluciones a los problemas
prioritarios de la comunidad y ello puede
desmotivar la participación en éstas.
En el futuro habría que evaluar las políticas sociales en miras de
su impacto sobre el capital social (de modo
análogo a como se evalúa el impacto medioambiental).
En esta perspectiva, cabe un papel primordial
a las políticas de regionalización y municipalización.
Corresponde a ellas crear condiciones favorables
para la trama social, fomentar la articulación
de los actores locales e incentivar flujos
de comunicación ágiles entre los ámbitos local,
regional y nacional. La relevancia de tales
redes asociativas es palpable, tanto en la
esfera productiva (asociación de pequeñas
y medianas empresas de ciudad y agro) como
política (asociación de comunas) y cultural
(despliegue de las identidades locales). Este
es el camino mediante el cual otros países
han logrado "filtrar" y procesar las megatendencias
de nuestra época. Lo que se necesita hoy en
día es una nueva arquitectura de gobierno,
capaz de aprovechar los efectos favorables
de la globalización e individualización y
contrarrestar sus consecuencias nocivas.
VI. LA CIUDADANIZACIÓN DE LA POLÍTICA
Las transformaciones de la sociedad chilena no son automáticas ni
garantizan un desarrollo exitoso. Es la propia
sociedad la que debe definir las metas que
desea alcanzar y los recursos que puede y
quiere emplear. Ello implica una labor continua
de reflexión y discernimiento y, desde luego,
capacidad de conducir el proceso social. Esta
tarea -gobernar los cambios- es la "razón
de ser" de la política. Para eso se hace política
y es lo que debe esperarse de ella.
Es normal en una democracia representativa que el interés por la
política se centre en las instituciones, los
procedimientos y los actores. Mas la política
no se agota en el sistema político. Echa sus
raíces en la vida social. Y la mediación privilegiada
entre la "política institucional" y la vida
social reside en la ciudadanía. Los ciudadanos
tienen esta doble cara. Una que mira los problemas
y desafíos, los miedos y anhelos vividos en
sus experiencias cotidianas; otra que -a través
de las instituciones democráticas- moldea
esa, su convivencia social. La ciudadanía
opera, pues, como una especie de "convertidor"
que traduce las aspiraciones de las personas
y sus recursos asociativos en acción política.
La Parte IV del Informe está dedicada a explorar las oportunidades
y restricciones de la acción ciudadana en
Chile. El debate reciente ha enfatizado más
bien las debilidades de la ciudadanía. Pareciera
ocurrir un creciente distanciamiento respecto
del sistema democrático, particularmente de
parte de los ciudadanos más jóvenes y del
grupo socioeconómico bajo. La Encuesta del
PNUD 1999 arroja, en efecto, una alta tasa
de desafección política en estos sectores
sociales. Además, el apoyo a la democracia
varía según la posición política de los entrevistados.

La actitud escéptica podría estar referida a determinada forma de
hacer política que la hace aparecer como una
actividad autoreferida, coludida con poderes
fácticos y ajena a las inquietudes y los afectos
de la gente. Pero también podría derivar de
una visión distorsionada de lo que es y de
lo que puede hacer la política democrática
hoy en día. Las entrevistas en profundidad
permiten descubrir dos visiones de la política.
Un enfoque instrumental que la identifica
con una gestión desideologizada y eficiente
que resuelve los problemas concretos. Y un
enfoque que hace hincapié en la participación
para expresar la diversidad social. Esta demanda
de una "política más humana" parece anunciar
una tendencia emergente.
El desinterés en asuntos políticos no equivale a una retracción de
la ciudadanía. Hay señales favorables a la
acción ciudadana. La mitad de las personas
entrevistadas estima que "puede hacer mucho
para cambiar la marcha del país". Esta afirmación
puede ser leída como un indicador de que existe
un nivel significativo de confianza en poder
adueñarse del futuro. Dicha confianza en la
acción colectiva se revela como un recurso
de máxima importancia. Como era de esperar,
quienes confian en poder incidir sobre la
marcha del país tienden a mostrar un mayor
grado de participación política. Más relevante
aún es el hecho de que la confianza en la
acción colectiva suele estar asociada a una
visión pluralista del orden. Las personas
no temen las diferencias de intereses y opiniones
cuando aprenden a manejar la diversidad y
los conflictos sociales.
Este aprendizaje de ciudadanía parece estar ligado directa-mente
a la calidad de la vida social. Según la encuesta
realizada, puede constatarse un "triángulo
virtuoso" que articula aspiraciones, vínculo
social y ciudadanía. Las personas entrevistadas
que más valoran los sueños y disponen de más
capital social tienden a mostrar una mayor
participación política. Y a la inversa, quienes
menos valoran los sueños y poseen menos capital
social suelen exhibir mayor desafección política.

Cabe subrayar este resultado por dos razones. Desde el punto de vista
teórico, confirmaría la tesis de Robert Putnam
acerca de la relación positiva entre capital
social y ciudadanía. En una perspectiva política,
muestra a la acción ciudadana bajo una nueva
luz. Su fortaleza no depende sólo de la política
institucional, sino también -y de modo especial-
de la calidad de la vida social. Más que las
movilizaciones "desde arriba", sería la confianza
de los ciudadanos en poder incidir sobre la
marcha del país lo que motiva y estimula el
ejercicio de la ciudadanía.
Vínculo social y acción ciudadana se refuerzan mútuamente. Por un
lado, los sueños de futuro y la disposición
de capital social se revelan como nutrientes
de la acción ciudadana. Por el otro, ésta
a su vez apunta a la calidad de la vida social.
Parece tener lugar una resignificación de
la ciudadanía. Ella ya no tendría a las instituciones
políticas como único punto de referencia,
sino que prestaría similar atención a la convivencia
social. Las personas consultadas acerca de
lo que entienden por "ser ciudadano" hacen
hincapié en dos opciones que, en conjunto,
configuran lo que puede denominarse una ciudadanía
activa. Las preferencias por "participar en
forma activa en los asuntos de la comunidad"
o por "sentirse responsable por el rumbo que
toma el país" sugieren que la acción ciudadana
tiende a desplazarse -en parte- desde el sistema
político hacia el vínculo social. Por lo tanto,
una evaluación según los cánones tradicionales
(interés en política, participación electoral)
no daría cuenta de las formas emergentes de
ciudadanía.

Junto con la transformación de la sociedad chilena y, por consiguiente,
de la política parece cambiar, asimismo, la
ciudadanía. Ciertos indicios anuncian una
ciudadanización de la política; esto es, una
recuperación de la política como un ejercicio
propio de los ciudadanos. Ella brindaría oportunidades
para una acción ciudadana que -de manera complementaria
a la política institucional- se preocupa primordialmente
de la calidad de vida social. Habría una relación
circular: una sociedad fuerte, capaz de generar
aspiraciones y vínculos sociales, promueve
una ciudadanización de la política; y, a la
inversa, la acción ciudadana apunta al fortalecimiento
de la trama social. Ello desafía el modo en
que funciona el sistema político. Por una
parte, convendría "salir a lo social", reconocer
y estimular las fortalezas de la sociedad,
incentivar la acción ciudadana. Por otra,
el sistema político debería "dejar entrar
lo social", invitar a lo público a manifestarse
y escuchar las claves de la conversación social.
Este proceso de aprendizaje permitiría aprovechar
las oportunidades que ofrece la ciudadanización
y evitar el riesgo de irrupciones populistas.
VII. ALGUNOS DESAFÍOS
Sintetizando la argumentación del Informe: en la Parte I se constata
un cambio de época que aporta oportunidades
y riesgos para el Desarrollo Humano en Chile.
Dichos cambios exigen un nuevo tipo de gobierno.
Para gobernar los cambios, las personas han
de contar con una sociedad fuerte. En esta
perspectiva, el Informe propone mejorar la
calidad de vida social. Las tres Partes siguientes
analizan las oportunidades y restricciones
que brinda la sociedad chilena. La indagación
indica que los chilenos disponen de aspiraciones
de vida social, de recursos asociativos y
de una acción ciudadana. Parecen disponer,
asimismo, de la confianza de poder cambiar
la marcha del país. En suma, existirían ciertas
condiciones sociales para que las personas
puedan hacerse sujetos efectivos del desarrollo.
El potencial está; falta discernir, activar
y dinamizar dichas capacidades sociales.
Las opciones y los riesgos del desarrollo no son datos naturales;
resultan de procesos creados y reproducidos
o modificados por los chilenos. Los resultados
del estudio pueden mostrar tan solo una "foto
instantánea" de la transformación en marcha.
Ésta por sí sola no garantiza un Desarrollo
Humano Sustentable. El fortalecimiento de
la sociedad es el producto de una voluntad
y de una acción deliberada. La Parte V del
Informe resume algunos de los desafíos detectados
a lo largo del estudio.
En primer lugar, es menester reiterar la convergencia de capacidades
individuales y sociales. Una sociedad fuerte
se nutre de la creatividad individual. Ella
es potenciada cuando se respeta la dignidad
de cada persona, se reconocen sus lazos de
identidad y se aprecia su contribución al
bienestar del país. Pero, la individualidad
de cada chileno puede desplegarse sólo si
existen condiciones básicas de igualdad. Las
personas que se sienten discriminadas por
su situación económica, nivel educativo o
sexo, difícilmente se sienten partícipes de
un mundo común. Las condiciones objetivas
y las percepciones subjetivas de desigualdad
son un ejemplo de los "límites críticos" del
orden social, más allá de los cuales corre
peligro la sustentabilidad del desarrollo.
En segundo lugar, también cabe recalcar que la persona no puede individualizarse
sino en sociedad. Fortalecer la sociedad es
fortalecer las capacidades sociales de la
persona. El Informe subraya la relevancia
de dos dimensiones: las conversaciones y la
asociatividad. El encuentro veraz y solidario
con el otro representa no sólo una fuerte
demanda de la gente, sino, asimismo, un aprendizaje
de la confianza en la acción colectiva. El
vínculo social no puede restringirse al ámbito
privado; requiere de la esfera pública. Robustecer
lo público significa ampliar el campo de las
experiencias y expectativas compartidas, de
los conocimientos y lenguajes compatibles.
Significa, en suma, actualizar los lazos culturales
mediante los cuales los chilenos se construyen
un mundo común.
Un tercer desafío consiste en crear y afianzar la confianza en la
acción colectiva, tanto en el ámbito social
como cívico. Durante el último año, el país
ha sido testigo de que dicha confianza no
nace de espaldas al pasado. Chile requiere
una memoria reconciliada con su historia.
Ello significa reconocer el esfuerzo que aportó
cada grupo, cada institución a la construcción
del país. Recién entonces se superan los miedos
y recelos. El otro deja de ser un enemigo
y puede ser valorado como un colaborador en
la construcción conjunta del futuro. Y tal
renovación de los horizontes compartidos parece
indispensable si se pretende decidir la marcha
del país.
En cuarto lugar, conviene advertir que las transformaciones en curso
suelen ser ambivalentes. Hay que saber distinguir
las oportunidades y amenazas. El discernimiento
requiere, por una parte, reflexividad social.
Una sociedad compleja y dinámica como la chilena
no se deja diagnosticar de una vez y para
siempre. Los desafíos son y serán una constante.
En consecuencia, sólo un esfuerzo continuo
permitirá descifrar los fenómenos opacos y
dotar de sentido a procesos ciegos. Por otra
parte, la permanente innovación social obliga
a una actualización de la ética. Cuando la
vida social cambia de modo tan drástico, es
necesario renovar también los principios éticos
sobre la base de los cuales se forman los
juicios sobre la realidad. El fundamento existe.
De hecho, la tradición chilena (y occidental)
aporta una "ética del otro" como fundamento
del trato justo, de la comunicación veraz,
de la conducta honesta; en fin, de la acción
solidaria.
Por último, parece ineludible una renovación de las maneras de pensar
y de hacer política chilenas . En efecto,
muchas personas parecen no visualizar la utilidad
que cabe esperar de la política en una sociedad
tan cambiada. Con frecuencia ella es vista
como un mundo aparte, desconectado de la vida
social. Si, por el contrario, se concibe la
política como la construcción de un "mundo
común", ¿cómo se logra crear tal orden colectivo
en una sociedad altamente diferenciada? El
desafío concierne, en particular, al sistema
político. Pero es, en definitiva, una tarea
de todos los ciudadanos.

Una
sociedad globalizada enfrenta tareas globales.
Al igual que otros países, Chile ha de compatibilizar
un crecimiento económico sostenido con un
fortalecimiento de la integración social y
lograr todo ello en el marco de las instituciones
democráticas. Similar tarea exige un esfuerzo
mancomunado. Por eso, el Informe 2000 del
PNUD ha querido situar el comienzo del nuevo
siglo bajo el lema de "más sociedad para gobernar
el futuro". |